Las actividades postcongreso empezaron todavía en Mardel el sábado 15 de septiembre. Lo primero, temprano en la mañana, fue recoger el certificado de asistencia al Congreso alterno; como era de esperar, fue Liliana quien reclamó el de Graciela y el mío, ella era la única que podía saber lo que había que hacer para cumplir esas formalidades, mientras las dos in-asistentes seguíamos conversando plácidamente en el vehículo oficial de nuestro propio congreso. Tengo muy bien guardado el famoso certificado, por si alguna vez necesito incorporarlo en mi ridiculum vitae.
Luego de esa imprescindible diligencia, salimos a almorzar comida de mar a un delicioso lugarcillo español en el que desafortunadamente no tomé ninguna foto. Las anécdotas de sobremesa corrieron por cuenta de la risa de Graciela, sorprendente, no? Salimos del restaurante bien entrada la tarde, después de haber disfrutado la tertulia como si estuviéramos en la sala de la casa; tan tarde salimos que el mesero, el mismo que se prendó de la alegría de la "morocha", ya estaba en traje de civil cuando entró a tomar parte en nuestras historias.
A ver si adivinan a dónde fuimos después. Exacto! ¿Cómo lo supieron? Fuimos a nuestra sede principal a acumular calorcito de hogar y tomar fuerzas para el retorno.

Mi par de compañeras de pre-nostalgia, ambas aficionadas a las artes culinarias, intentaron enseñarme algún truquini, por si acaso, alguna vez, debía fungir como ama de casa.

Todavía no sé si llegué a aprender algo, pero sí les puedo asegurar que me divertí como pocas veces; por si queda alguna duda, comparto la secuencia de fotografías que denominé algo así como "receta para sazonar afectos", en aquel fallido álbum original.

Por supuesto que no recuerdo cuál era el cuento que aderezaba el momento, pero está permitido inventar mi propio monólogo: "Ugh! ¿Qué habrá en este extraño recipiente?

¡Pucha! Estas brujas modernas han mezclado tuititas las emociones en el mismo caldero ...

y bullen y reverberan cual pócimas medievales, mezcladas por el mismísimo mago Merlín con ayuda de la bruja Mim.

¡¡Auxilio!! ¿Y ahora quién podrá defenderme? ... y chapulín colorado, este cuento se ha terminado. Mmmm, como que así no era ..."
Bueno, debió ser que en ese caldero encantado, allí, en la sede principal de nuestro encuentro, se entremezclaron no solo las emociones cercanas en el tiempo, sino las remembranzas, recuerdos y fantasías juveniles que este grupo maravilloso fue incorporando a la irrepetible
receta para sazonar afectos.

Y el reloj siguió marcando el correr del tiempo, indiferente a la nostalgia que se iba colando por todas las rendijas del alma.

Afortunadamente, la vida moderna nos ha traído los celulares, las compus, los emails y los blogs para seguir compartiendo, ya sea llorando, riendo, llorariendo o todo mezclado en el
caldero del afecto; así lo expresa esta foto, la última que tomé en Mardel.
Claro que en la noche, más bien a la madrugada, todavía Graciela y Héctor nos dieron una vuelta por la ciudad, incluso paramos frente al monumento de Alfonsina Storni, y recorrimos las calles tranquilas para dejarlas bien grabadas en la memoria, aunque seguramente mi neurona intermitente se empeñará en cubrirlas de bruma.
Al día siguiente, muy tempranito, también nos acompañaron hasta el micro, porque la
saudade compartida se vuelve agridulce en vez de amarga; su silueta se fue empequeñeciendo mientras los gestos y el alma suspiraban ...
¡¡Au revoir, Mardel!!